Al servicio de la mirada

Los ejercicios de sutileza que nutren la obra pictórica de Javier Valverde  constituyen un continuo recordatorio de los mecanismos de su propia mirada. Referencias a una percepción compleja de la realidad que le rodea, de la naturaleza como el espejo en el que sus ojos rebotan y se topan con el lienzo. Entre sus márgenes se configura un universo de la levedad, del matiz, de la constatación de escenarios irreales, cargados de elementos difíciles de aprehender, que se escapan al pensamiento. El pintor Valverde no piensa en palabras, construye cuadros como territorios libres en los que la naturaleza desaparece para dejar paso a la esencia de su sentimiento. Las palabras se han escapado de su pintura.

Javier Valverde es un pintor de trazo lento, que invierte muchas horas en sus creaciones. Quizá por ello las obras demandan también la contemplación como elemento necesario para penetrar en el mundo donde lo imposible adquiere consistencia. Hay que mirar para entender la mirada del pintor. Y dotar de argumentos a sus mundos para que se construyan.

Cada cuadro es un mundo afirma Valverde. Pocas veces esa afirmación evidente ha resultado tan aplastante. Cómo explicar sino, la construcción de unas obras con electos que se escapan a cualquier definición, que resultaban sospechosamente improbables antes de aparecer en ellas. Y que una vez allí mantienen intacta su capacidad de sorpresa, fascinación.

Nada en este trabajo se presenta por imposición, con contundencia. La ambigüedad, una estructura compositiva trazada con tiralíneas, la precisión con la que los elementos aparecen fugazmente trastocados, son argumentos que construyen leyes en este mundo inexistente fuera de los cuadros. Nada es aquí lo que verdaderamente parece, es necesario vaciar la mirada para contemplar este viaje hasta lo insospechado. La obra enseña, además, que este es un trayecto en soledad hacia las raíces de los paisajes de la memoria, hacia una nueva interpretación de lo tantas veces visto. Cómo es posible que resulte tan diferente, si es cierto que ya lo conocemos.

La temperatura del sustrato poético que descansa en los diferentes momentos de la obra, cronológicos incluso, es el factor que sostiene la relación de la obra con el espectador, el camino que guía el suave tránsito hacia la catarsis. Valverde pinta con la poesía, como la palabra abandona la narrativa y se abraza a la lírica para poder explicarse.

Y como Valverde posee un universo pictórico bastante peculiar, crea los escenarios para que éste se exprese. Así se construyen los mundos del color, de los volúmenes del juego con la perspectiva, de su creación. Hay un constante pulso con la capacidad de revelación, con la presencia de elementos que, finalmente, no son lo que parecen. La magia de mostrar más de lo que se intuye. En el filo de la navaja de la inquietud que produce la cercanía del riesgo de su derrumbe, sostenida en la precisión de una composición compleja, en un complicado equilibrio de pintura silenciosa, que se define por las normas de un espacio intenso, profundo, dotado de una intensidad particular. La obra presenta un claro propósito de evitar la saturación, se articula por el vaciado antes que por la adición excesiva. Se sitúa fuera del tiempo y alcanza hasta donde uno puede imaginar. Quizá por eso las líneas del horizonte en los cuadros de Javier Valverde nunca se concretan, son imprecisas. Se diluyen.

A Javier Valverde le gusta contemplar la naturaleza. Pero no deja que esa actitud engañosa alcance el lienzo. Ha vivido rodeado de hayas, pero pinta árboles solitarios sin apenas hojas. Cuando aborda sus contornos, son las normas  de la pintura las que imponen las estrictas coordenadas, las que permiten superar la evidencia. Por eso buscar las referencias a la naturaleza se revela aquí  como un comportamiento equivocado. Todo está trasladado a otro mundo, del que no existe posibilidad alguna de confirmación. Sentimientos sin contrastar, en peligro de extinción.

JP. Huércanos
Texto para catálogo de la exposición en Galería 16
San Sebastián, 2002